lunes, 10 de agosto de 2009

Un viaje distinto


Parado en el andén de la vieja estación San Martín, me preparo para viajar en el subte tan incómodo como todas las mañanas.
La luz en un extremo del túnel, se aproxima. Subo al vagón en medio de los acostumbrados empujones. Una vez que logro asegurarme de un pasamanos, empiezo la inspección ocular de rutina.
Con excepción de un par de caras nuevas, el mismo entorno de cada mañana: los chicos que van a la escuela alborotando como siempre, el resto del pasaje cada uno sumergido en sus propios pensamientos, parecieran maniquíes que sólo están ahí, para acompañarme en el viaje.
Pero, entonces, la veo. Allí, en el rincón izquierdo de la puerta de enfrente. Su cabellera rubia fue la que atrajo primero mi atención.
Empujado por un sentimiento olvidado, trato de acercarme como puedo, dando pisotones involuntarios y recibiendo miradas no muy amistosas.
Ahora la veo bien. ¡ dios mío! ¡qué hermosa es! Su figura se destaca ampliamente. Sus ojos casi grises irradian un brillo especial que resaltan ante la opacidad del resto. Una sensación irresistible me coloca frente a ella su sonrisa pícara me atrae y me sorprende a la vez. Me mira como si hubiese estado esperándome. Sólo a mí. Su boca sin hablar me pide que la beso y yo, sintiéndome amo y esclavo a la vez, lo hago apasionadamente.
No sé cuánto permanezco abrevando en sus labios mis manos acarician su pelo, recorren lentamente su cuerpo e inexorablemente van descendiendo hacia su sexo.
A nuestro alrededor no existe nadie más, no me importa nadie más.
Un murmullo lejano se acrecienta.
Alguien toca mi hombro y me arranca de este embrujo.
-Abuelo, ¿baja en San Juan?
Turbado, giro hacia la puerta que refleja a mis espaldas, su imagen siempre sonriente, con sus ojos grises más brillante que nunca. Ofreciéndome una nueva marca de cigarrillos desde el cartel publicitario.

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